Para leer a los antiguos Mayas


En 1862 se produce el hallazgo de un manuscrito del año 1661 que realizó el abate Brasseur en la Biblioteca de la Real Academia de Historia de Madrid. El documento hallado era un resumen anónimo de la Relación de las cosas del Yucatán, escrito alrededor del año 1566 por el obispo Diego de Landa. En ese texto, el religioso detalló, tras dedicarse durante tres décadas a la evangelización en la península del Yucatán, las características de la cultura maya de su época.
La importancia que la Relación de las cosas del Yucatán tenía para los epigrafistas estribaba en que en algunas de sus páginas Landa realizó una descripción aproximada de las principales características de la escritura maya, junto con la explicación del significado de algunos de sus glifos. Los descifradores estaban así en presencia de la ansiada Piedra Roseta maya que buscaban hacía décadas.
Pero, si los mayistas ya tenían su Piedra Roseta en 1862, ¿por qué fracasaron durante noventa años sus intentos por descifrar la escritura?  Michael Coe, uno de los más importantes mayólogos de la segunda mitad del siglo XX, imputa el prolongado fracaso a la rigidez mental, en que las escrituras jeroglíficas eran ideográficas y consistían en gran parte de símbolos que comunican las ideas directamente, sin intervención de la lengua hablada. 
Yuri  Knorosov era artillero del Ejército Rojo y rescató casualmente de las llamas en 1945 un volumen que reunía una copia de los tres códices mayas conocidos hasta ese momento, el de Dresde, el de Madrid y el de París. De vuelta en Moscú, se dedicó a la egiptología, a la comprensión de sistemas orientales de escritura y a los estudios comparativos.  Knorosov tomó como base de su trabajo la Relación de las cosas del Yucatán. Gracias al conocimiento que tenía de otros sistemas jeroglíficos llegó a la conclusión de que los signos que brindaba Landa eran fonéticos y representaban en su mayoría sonidos conformados por la unión de una consonante y una vocal, con la excepción de algunas vocales aisladas. Además afirmó que cada signo podía tener más de una función y ser un fonema o un morfema –el fragmento mínimo capaz de expresar significado–; que el orden de escritura podía invertirse con fines caligráficos, y que podían combinarse fonemas y morfemas para restar ambigüedad a la lectura.
Estos principios, junto con el reconocimiento de que muchos de los glifos también podían funcionar como logogramas –signos que por sí solos representan una palabra–, fueron el punto de partida para la lectura de las inscripciones mayas.
En la actualidad se sabe que la escritura maya está compuesta por unos 800 glifos, de los cuales más de 150 tiene función fonético-silábica, mientras que los demás son logogramas. Gracias a que se logró descifrar más del 90 por ciento de estos glifos, ahora es posible leer casi en su totalidad a los antiguos mayas.