Relato Corto #16. Felina Fénix.


Después de servirle
leche a la gata en su plato, me senté en la hamaca. La llamé
(‘miau, miau, miau’) tres veces, y vino la Catalina, hambrienta como
siempre. La leche fue desapareciendo llevada gota a gota con su
rasposa lija roja.

Yo miraba las nubes, para variar.
Y me colgué siguiendo el movimiento lento y rotativo que había en
ese momento hacia el sudeste, de cara al río. Un movimiento
giratorio lento me hipnotizó – un eufemismo para decir que ese día
estaba muy, muy, muy ocioso. Así, en ese estado de relajación,
pensé que esas partículas de oxígeno en esas nubes tal vez
provenían de la actividad biológica de las primeras formas de vida
sobre el planeta, amontonándose una sobre otras, en una sopa de agua
caliente original … . Así de ocioso estaba.

Cuando volví la
mirada hacia la gata, ya se había dado a la fuga, dejando algunas
gotas alrededor del plato, la muy pendeja.

Me levanté a
buscarla y chequear en sus lugares de siempre. Dime qué gato
tienes, y te diré en dónde duerme la siesta, pero
indefectiblemente todos buscan calor. Una alfombra tejida, o manta de
invierno, o almohada de yute. Y que esté bien mullido. Y si es
al sol, mejor.

No la encontraba en
sus lugares comunes, y solo cuando miré hacia el hogar de leños, la
ví. Estaba durmiendo sobre las cenizas de lo que había sido la
hoguera de la noche, para matar el frío del invierno. Seguramente
algunas brasas encendidas quedaban y generaban algo de calor . Yo no
podía creerlo… Me acerqué, la tomé con ambas manos, la acomodé
en mis brazos mientras ella apenas abría los ojos, y elevaba su
cabeza sin oponer resistencia. Y sí, se sentía aún el calor saliendo de
las brasas bajo las cenizas. Ella me seguía mirando, intrigada como sin comprender
porqué la alejaba de ese calorcito, porqué la privaba de dejarse al
impulso calórico y original, primigenio.

Fue entonces que me
sentí como el viento, ese mismo que hacía girar las nubes.