Relato Corto #17 Melisa


Ella tenía los ojos todos vidriosos y la tez sonriente, sus dos hermosos ojos pintados a la miel me lo dejaron bien en claro. La leve sonrisa más su leve exhalación lo confirmaba. Todo su cuerpo de mujer ahora quería envolverme y apretarme como a una presa.

Sí, y apretó mis dos manos fuerte, muy fuerte con las suyas, llevándolas a su rostro mientras su pelo la cubría, porque era como estar desnuda frente a mí sin estarlo. Se sabía desnuda y desarmada. Luego me abrazó. Sus brazos me sujetaban, recorriendo hacia arriba y abajo por mi espalda con sus manos abiertas, y colocando su cabeza en mi hombro. Todo pasaba lento, lento, lento. Yo le correspondía aceptándola, ya que era como aceptarme a mí.

Después se acostó de lado, se acurrucó como una niña pequeña. Entonces pude sentir toda su verdad : la hija menor, la que protesta y chilla y pelea y grita y se enfada y golpea para obtener lo que desea ; la que es rechazada porque está torcida; porque no sabe lidiar con eso -sabe como puede y como le sale- ; la que se pone celosa aunque no tenga ningún lugar ni motivos ; la que siente vergüenza de sí misma por ser una hembra con sangre en sus venas ; la que pide perdón por estar viva y jadear ; la que sin mediar palabra quiso besarme ; ella , hermosa así como es, la sentí bajar de golpe a ese pozo abismal emocional , despues de haber estado tan alto, enlodándose ahora en sus aguas oscuras , sombrías. Sus palabras vinieron a su boca, interpelándome para saciar su sed de respuestas. De qué pasará ahora, qué hará ella, cómo serán sus días y su trabajo; y todo lo demás, un largo etcétera. Toda una hija menor y sus dudas propias.

Yo le ofrecí mi amistad mientras le apretaba fuerte su mano. Le expliqué que apenas nos conocíamos. Que necesito primero saber cómo es una mujer para poder estar con ella. Que me aterran profundamente las emociones femeninas tan drásticas, que son como una montaña rusa para mí, y que eso me desestabiliza.

Todo parecía un monólogo de mi parte cuando le hablaba. Era como hablarme a mí.

Pero hay algo que no le dije ni pienso reconocerle aunque me atormente con esos ojos de gata vidriosos llenos de éxtasis y yo muera en mi defensa. Y es que empecé a extrañarla y querer verla. Tengo muchas preguntas que me hago ahora. Que vá a pasar, que vá a ser de mí, y con mis días, y mi trabajo y todo lo demás, y un largo etcétera.

Cosas que una mujer como yo, a esta edad, ya no debería estar preguntándose.

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@ copyright 2015, martin d cernadas.