Relato Corto #18 Los Cuatro Lobos


   
  Corro corro corro a través de mi pueblito mexicano, corro a través de sus veredas, salto de toldo en toldo en esta noche lunar de mis pueblerinos queridos.
  Me oculto a la vista del chamán oscuro y sus cuatro aprendices. 
  Esos cuatro intentaron atraparme poniendo una canasta de mimbre en mi camino, junto a un puñado de granos de maíz tocados por magia negra.
  Imberbes! Les pateé el canasto, que se deshizo pronto en el aire, sin tocarlos. Una pena, porque de haberlo hecho, se hubiera vuelto contra ellos su propia brujería.
  
  Maldición! Ahora si que estoy perdido! Viene el viejo chamán oscuro tras de mí!
  Corre corre mi corazón, que su poncho negro se desliza de techo en techo como líquido sombrío!   No me queda tiempo ni de mirar atrás!
  
  Me atrapa : se pone delante mío con su atrapasueños, y poniéndomelo delante de mi cara, me chupa hacia arriba, arriba, arriba. Yo paso a través del atrapasueños, y al pasar, veo dibujados en él los símbolos de la serpiente y el cofre . 

  Mi enojo me supera porque no puedo contra él. Veo mi propio hocico, siento mi respiración caliente, me sacudo, escucho mis gruñidos desde mi garganta. Estoy por partirle la boca a este viejo.
  – No te enfrentes al chamán! – me dice
  – No me importa enfrentarlo porque ya lo he hecho varias veces! – le respondo
  – Darío, Darío – me llama  
  Miro al chamán a los ojos. Como su aprendíz que soy, escucho su instrucción y observo al detalle la faena que está llevando a cabo.
  
  – Darío, ya maté al macho alfa de la manada, sostén a este….
  Obedezco, atrapo, sostengo, sujeto, abrazo a uno de los lobos. Antonio le clava una inyección letal en su cuello, y le inyecta un líquido. Pasan unos segundos. Él extrae la aguja mientras el lobo se va desvaneciendo. Un rastro de sangre granadina dejan sus gotas marcadas en el piso. 
  Mirando al lobo, veo sus ojos yá cerrados. Ya no tienen miedo, ni furia, ni frenesí, ni apetito. Está como dormido entre mis brazos.
  Siento una ambigüedad, un impulso por recoger esa sangre y volver a colocársela en su cuello, y chupar con mi boca el veneno.
  Con un algodón, limpio la sangre ferrosa e ígnea, limpio su cuello húmedo, y deseo profundamente que vuelva a abrir los ojos.

  – Darío, debes matar vos a los lobos restantes. Ya sabes como hacerlo.

  Sin decir palabra, porque ya sé que él ve la flaqueza de mi corazón, asiento con la cabeza. Los restantes dos lobos están sentados mirándome con temor. Sus ojos están bien abiertos. 
  
  Me les acerco. Reculan. 
  Los miro a los ojos. Obedecen.
  Luego miro a Antonio. Los lobos hacen lo propio al unísono.

  Un olor a almizcle penetra por mi naríz. 

  Giramos nuestro cuerpo, y todos nosotros estamos ahora de frente a Antonio.
  El desenlace que siguió era inevitable, yá estaba escrito con sangre de talampaya en una memoria perenne, desde siempre.

  – Ahora sé que corre sangre por tus venas – dijo Antonio sonriéndose.

  (@) copyright 2015 Martin D Cernadas.
  Todos los derechos reservados.