El Odio


“Ved cuan activo está y qué bien se conserva el odio en nuestro siglo. Con qué ligereza salva obstáculos, y qué fácil le resulta saltar sobre su presa.

No es como los otros sentimientos. Más viejo y, a la vez, más joven. Por sí mismo genera la causa de su despertar a la vida. Duerme a veces, pero jamás con un sueño eterno. Y el insomnio no le resta fuerzas, se las da.

Buenas son las religiones, con tal de estar en la línea de salida. Buenas son las patrias, con tal de lanzarse a la carrera. Al principio, incluso la justicia funciona. Después correrá solo. El odio. El odio.

La faz se le retuerce en una mueca de amoroso éxtasis. ¡Qué anemia y apatía la de los otros sentimientos! ¿Desde cuándo la fraternidad arrastra multitudes? ¿Ha llegado alguna vez la compasión primera a la meta? ¿A cuántos voluntarios seduce la duda? El odio sí seduce, ¡y cómo!, es perro viejo.

¡Cuántas páginas de la historia ha numerado! ¡Cuántas alfombras humanas ha desplegado, en cuántas plazas, en cuántos estadios!

No nos engañemos: sabe crear belleza. Espléndidos son sus incendios en la negra noche. Soberbias las humaredas de sus explosiones al alba. Imposible negar el patetismo de sus ruinas ni el humor chabacano de la única columna que queda en pie. Es maestro del contraste entre silencio y estruendo, entre sangre roja y nieve blanca. Y nunca jamás se cansa del leitmotiv del verdugo pulcro sobre la inmunda víctima. Siempre dispuesto a nuevas tareas. Si es necesario esperar, espera.

Dicen que es ciego. ¿Ciego? Tiene los ojos de lince del francotirador y mira el futuro con denuedo. Él, sólo él. ”

 

Wyslawa Symborska. “El Odio”, Fin y principio, 1993. Traducción de María Miseska .

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