Relato Corto #22, ¿De qué tenés miedo? (La pulsera de Ume)


El brujo tenía su hermosa biblia envuelta con una mantilla huichol hecha a medida, toda multicolor, de pequeñísimas piecitas unidas entre sí, que formaban dibujos geométricos celestes-amarillos-rojos-blancos. Se cerraba con un botón y así protegía al libro sagrado.

También tenía su termo, su mate, y su yerba. Los bizcochitos en una bolsa, cerrada para que no se humedezcan. Un cuchillo de untar al lado. Pero no había indicios del frasco de miel.

La luz provenía de la vela en el centro de la mesa, alrededor de la cual nos sentábamos todos, incluido él.  Su conversación rondaba acerca de algún tema cualquiera, cuando sin aviso, nos pidió que nos preparáramos para seguirlo afuera. Cuestión que todos nos levantamos de nuestras sillas, y fuimos caminando tras él, en fila.

Un instante después, yá en pleno vuelo, podía verlo en su forma de planeo como una gran ave negra , desde arriba, y él debajo nuestro, a unos pocos metros, y todos los demás siguiendo su derrotero hacia una g-i-g-a-n-t-e-s-c-a  montaña encumbrada y rodeada por todos lados por otras cimas más pequeñas y puntiagudas, que la protegían. Hicimos pié en uno de los tantos valles, entre un par de picos, más o menos a medio camino entre la base y la cima. Era plena noche, el cielo cubierto de espesas nubes negras, y la poca luz que las nubes dejaban pasar, solo se reflejaba en los valles, nunca en las laderas ni cimas.  Jamás.

Fue apenas posarnos. Un ataque masivo cayó sobre todos nosotros. Invisible pero denso y contundente. El brujo atrajo sobre sí todos y cada uno de los (¿cómo llamarlos si no pude verlos?) golpes. Era presenciar una tormenta eléctrica en el ojo mismo de ella. Y él era su pararrayo.

Sobre las pupilas de mis ojos se iluminaba la escena, y los fotogramas silenciosos e invisibles quedaron grabados en mi memoria.

Se dio por terminado el espectáculo cuando volvimos, también sin mayor aviso, a la casa. Él nos mostró los protectores con los que se (¿nos?) protegió: Un encendedor a mecha, en su caja cuadrada metálica,  y una pulsera “de Ume” (así la llamó), metálica también.

El encendedor (que llevaba en un bolsillo) tenía su caja comida en uno de los extremos, arrancado un tercio de su tamaño, de una dentellada circular.

La pulsera de Ume corrió mejor suerte, colocada en su muñeca derecha. Estaba intacta. Conservaba todos sus signos.

    • Yo quiero un protector de Ume, cómo lo consigo? -le pregunté-
    • ¿Para qué querés un protector vos? Si no lo precisas todavía –y dándose media vuelta, me dio la espalda y caminó yéndose-
    • Pero no te vayas, quiero uno! Justo que me interesa algo –le respondía en vano tratando de seguirlo-, decime cómo lo consigo.
    • ¿De qué tenés miedo? –y desapareció ante mí-.
¿De qué tengo miedo? ¿De morir? ¿O de morir … engullido, tragado, comido, digerido y vomitado por lo invisible, y desaparecer por siempre en lo desconocido? ¿Por siempre jamás? ¿De qué quiero protegerme sino? ¿Qué quiero proteger, defender? ¿Defenderme? ¿A mi cuerpo? ¿Mío? ¿Esto?

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