Relato Corto #27 – El Hilo de las Seis Ariadnas


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En mi infancia, durante la década del 70 y principios de los 80, en el conurbano bonaerense, en Villa Domínico, zona sur, recuerdo y permanece la imagen de esa única persona que en el barrio llamó mi atención. Es la única persona que podía hacer magia con sus manos. Se llamaba Peti. Y era la curandera. Desde empacho hasta culebrilla, contando las distancias codo a codo hasta que la punta de sus dedos tocaban mi plexo solar.

Dentro del mundo feliz, aunque también de color gris cemento, de risas, y de muertes accidentales y naturales, de veredas con decenas de desniveles en solo una cuadra, también con una inundación épica de puerta a puerta, con llantos rabiosos, allí, en todo ese contexto, ella hacia magia. No es la imagen, es el acto mismo de su acción lo que perdura en mí.

Ella ya era vieja cuando yo no llegaba a mis ocho, nueve años, y ni recuerdo su rostro. Sin embargo mi memoria de ella es también onírica: Recuerdo como si fuera hoy , un sueño que tuve ya de pre adolescente. Yo caminaba por una vereda soleada mirando una vidriera vacía de un negocio, y entré tras atravesar la puerta. Dentro, una señora ya mayor me habla, y me presenta a sus seis hijas, de diferentes edades, desde la mas chica (de mi edad) a la mas grande (mas de cuarenta años seguramente).

– ¿Con quien te querés casar? – me preguntó la madre.

Yo solo quería salir rajando de allí, porque ni por asomo quería casarme a mi poca edad, mucho menos sabía lo que era una mujer, menos un matrimonio, ni quien era yo o porqué tenia que hacer o responder la pregunta. De pronto estaba negociando conmigo mismo un contrato de supervivencia.

– Con ella -le dije, señalando a la menor, quien me sonrió ruborizándose y desviando su mirada.

Así dí por cerrado el tema, abrí la puerta -que por algún motivo suponía infranqueable hasta no haber dado una respuesta- y salí raudamente caminando a paso veloz. Mi corazón pateaba como cimarrón.

Mi vida siguió. Crecí. Me mudé a otra ciudad. Formé mi propia familia. Tuve un hijo y me divorcié. Luego me volví a casar. Y un largo etcétera. Décadas pasaron.

Así, hasta que un día, conocí a Julia, mas al sur del conurbano, en Quilmes. Julia resultó ser la hija de Eduardo, el mas famosísimo curandero del norte de Perú, allá por los años 70 y 80’s. Conocí como trabaja Julia, su técnica (Rosacruz, su kaabalá, su mesa y sus perfumes…) !Sus perfumes exquisitos que ella misma prepara!. Me enamoré de su acción, al igual que con Peti. No fueron sus palabras, ni pases, ni toques. Julia escupió y vomitó todo lo que me aspiró, y su perfume me hizo sentir liviano. como con decenas de kilos menos…. parecía que al caminar, lo estaba haciendo en el aire.

Ellas, brujas, curanderas, magas, mujeres libres, encarnaciones de esa Ariadna arquetípica, son el punto de partida, el prólogo, de ese hilo que sigo. Yo solo sigo el hilo, pero muchas veces me encuentro juzgando, valorizando y conceptualizando actos de aquellos que los ejecutan. Pero ¿cómo se puede juzgar algo sin haberlo vivido? ¿Como se puede conocer el valor de algo sin haberlo pesado? ¿Como se puede conceptualizar algo sin comprenderlo? Sigo el hilo que le dá sentido a mis acciones.

Este es el prólogo a seis relatos, acerca de esas mujeres libres que me encontré, o que aún estoy por encontrarme.