RELATO CORTO #29 – Valerie, la terapeuta zen


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Un tuc-tuc es un vehículo usado en Tailandia para transportar personas, en una modalidad de servicio de pasajeros.

 

Pequeño, abierto, solo la mínima estructura para soportar al conductor y quizás un pasajero, a lo sumo dos, como mucho. Es rápido, muy maniobrable, liviano, económico,  vistoso, de curvas mínimas, abierto y sencillo de operar, que lo tornan una solución práctica en grandes centros urbanos congestionados. Incluso encaja en el ritmo de la danza, de ese fluir, de la orbe. Quizás todos ellos adjetivos aplicables a todo lo tailandés.

 

Al mismo tiempo, Tailandia es un punto de cocción cultural entre Oriente y Occidente, donde lo más normal es encontrar una suiza hablando inglés, tomando un curso de masaje en una escuela-hospital del Norte, junto a un argentino, y compartiendo juntos una sopa ramen en un puesto callejero junto a un lugareño dueño de casa, y charlando del último diseño de camioneta que circula en las calles y que luego se verá en otros países el próximo año (aquí se prueban los diseños globales de las automotrices, lo que da la pauta de la aceptación global de esta “cocina”).

 

El masaje tailandés también es así. Metafóricamente hablando, conocí lo que se siente tomar una sesión de tailandés con mi conductora favorita, una mujer nacida en Suiza, que habla varios idiomas, que estudió masaje en Japón y Tailandia, vivió en Argentina casi 20 años, y que conducía mi cuerpo como a un tuc-tuc por el ritmo adecuado a mi polis estructurada de 85 kilos, y pesadas piernas compactas, en mi propio fluir citadino.

 

En su escuela de la Ciudad de Buenos Aires fue donde tomé una sesión con ella esa primera vez.  Cómo olvidarlo. ¿Lo recuerdo aun? Cierro mis ojos, y siento.

 

La habitación es cálida, el aire es seco, fresco a la sombra matutina, y apenas se percibe su movimiento cuando veo a decenas de partículas deslizarse lentamente sobre los rayos del sol, quien suave traspasa con el intento la tela de las cortinas. Yo estoy acostado boca arriba, sobre un futón japonés de un par de metros de lado, y lo suficientemente mullido y grueso como para no sentir ninguna dureza de mi espalda contra el piso, sino todo lo contrario, una suavidad firme.  Valerie, que está arrodillada y sentada sobre sus piernas, al lado mio, hace contacto sobre mi hara, esa zona apenas un par de centímetros debajo del ombligo. Inhalo y exhalo, su mano acompaña ese movimiento, sube y baja al compás de mi vientre, mientras mi columna se estira al tiempo que mi sacro se suelda a la tierra. Luego ella toma mi muñeca, fluyendo y sacando el movimiento desde su propio hara, al tiempo que apoya mi brazo cálidamente sobre el futón, con la palma hacia arriba, cara externa de la mano contra el piso. Amasado de mi brazo, con ambas manos, y presión de palma luego, mientras deja el peso sobre su mano madre allí donde se juntan hombro y brazo,  y baja presionando alternadamente la mano contraria, por toda la extremidad, hasta mis dedos.

 

Y yo ya no sé donde estoy, respiro profundo, dormito y vuelvo a sentir. Me duermo. Me despierto recién cuando ya una de mis piernas, doblada en su articulación, está siendo girada sobre su apoyo en la cintura, en círculos, y los brazos de la terapeuta la sostienen contra su pecho. Tengo la agradable sensación de estar en el agua de una pileta. Se me cierran los ojos.

 

Mis párpados reflejan más la luz solar, y como ya no hay movimiento ni sonidos, comienzo a abrir mis ojos.  Ella está sentada al lado mio, esperando mi despertar. Se ha terminado el viaje en tuc-tuc por esta vez.

 

Me reincorporo, intercambiamos pareceres, sensaciones, le agradezco, nos despedimos y me retiro.

 

Ya en la vereda, camino pausado mientras me alejo, mientras se me despierta el hambre. El sol ya está casi en el mediodía. Han pasado dos horas . La bullente ciudad vibra en un mediodía de sábado con olor a árboles de la plaza… Y me doy cuenta de que puedo oler esos ombúes, palmeras, plátanos, paraísos, tilos, ceibos…

 

Me sigo desplazando en el aire, como aquellas partículas, casi imperceptible a toda mirada. Inhalo, exhalo.

 

Después yo mismo tomé su curso de masaje zen shiatsu, luego otro de masaje tailandés, y otro mas, y otro… Los años pasaron.  Nunca me dediqué al masaje, solo a pedido y esporádicamente a familiares, pareja, amigos, vecinos, compañeros de viaje, y contracturados varios… mezclando moxas, parches, e intuición en la técnica.

Hasta esa noche en la que no podía dormir. Mi contractura era tan fuerte que me despertaba a cada rato. Mi omóplato derecho era una tortura permanente y rencorosa, fácilmente ya eran las 3 AM. Una veintena de veces me había despertado, al punto que mi desesperación por poder descansar, tensaba mis dientes. Me insulté a mi mismo por no poder auto descontracturarme. Cerré los ojos enfurecido. Y en esos pocos segundos, minutos, horas, soñé con ella.

Vino silenciosa sin decir nada, tomó mi brazo derecho con sus dos manos. El pulgar de su mano derecha presionaba el antebrazo en un punto próximo al codo donde no hay ningun punto de los conocidos para la medicina china. Mientras su mano izquierda me tomaba del brazo, entre el codo y el hombro. Puso su mirada en un punto de fuga indeterminado, y yo me la quedé mirando a los ojos. Tal vez pasaron cinco segundos, como mucho. Soltó sus manos, me miró. Y me desperté del sueño. Ya nada me dolía. No había ni siquiera el recuerdo del dolor. Y estaba perfectamente descansado. Eran las 7 AM.

Vuelvo al origen , y recuerdo esa primera vez. Inhalo y exhalo. Y viajo en tuc-tuc por Buenos Aires cada vez que ella vuelve, una partícula flotando otra vez en sus manos.