RELATO CORTO #32 – Julia, la perfumista


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Las flores de los jardines de Quilmes, al sur del conurbano bonaerense, son famosas. No solo por su color y olor, sino por el robo del que fueron objeto, literariamente hablando, claro, según la novela de 1980, de Jorge Asís. La ironía hacia el escape cínico de la realidad política trágica de la dictadura de los ‘70s, batió récords de ventas, sobre el récord de desaparecidos.

 

Ese mismo Quilmes, fundado como reservación con los sobrevivientes del genocidio de aborígenes calchaquíes, también tenía flores y perfumes para ser vendidos como esclavos en la colonial Buenos Aires del siglo XVIII, a casas de ricos.  Otras de sus flores eran pisadas a la marchanta por el inglés invasor, que venía por el Camino Real, con prisa y sin pausa, ya en el siglo XIX.

 

Tras las bambalinas de la realidad política, con todo eso que nos atropella, las flores y perfumes lograron perdurar.

 

Llegar hoy hasta la esquina de Av. Calchaquí con Av. 12 de Octubre es una paradoja de la cartografía que me sorprende aun. Porque justamente en esa esquina hay varios símbolos: una comisaría, típicamente caminera, que me remite al estado policial, y a lo represivo de lo autóctono.  Una sincronía del tiempo continuo y presente, donde el significado es permanente recuerdo : Una lanza negra, cuyos carteles de letras blancas, marcan como bandera, el choque eterno de civilización y barbarie, de máquinas y humanidad, de estado y de pueblo.

 

Llegar hasta allí es una empresa heroica si uno viene en transporte público, y si está dispuesto a tardar 2 horas  desde el centro de la capital. La opción es en automóvil propio, pero aquí las imágenes del caleidoscopio del Dante son peores. Pocitos, pozos, cráteres, fallas tectónicas, y afloramientos de magma, son visibles a lo largo de 5km de recorrido por la Calchaquí, y lo dejan a uno pálido y frío, al tiempo que maldiciendose por tener tan mala idea. Toda otra opción alternativa, es peor, y está verificado.  Podría suceder que se hagan las 10pm y se termine en el medio del barrio marginal sobre calles de tierra, en total oscuridad -excepto por los piquetes humeantes reclamando por el corte de luz, mientras las chispas eléctricas saltan del transformador quemado que la cuadrilla de la compañía eléctrica está aún reparando- y se halle que está bloqueado el único acceso a la Autopista Buenos Aires-La Plata… Dice el poeta que la suerte está con los audaces, y si de todas maneras insiste en la expedición, más le vale tener una calma andina milenaria, o estar en paz con su Dharma, o con Zeus, o con Hermes Trismegisto, indistintamente.

 

Así conocí a Julia, la perfumista. De Trujillo, al norte de Perú.  Sus perfumes, sus flores. Su trabajo. En uno de esos jardines de Quilmes. Ella es hija del Tuno, el más famoso curandero del Norte de Perú, allá por los 70’s y 80’s.  Yuyera, curandera, perfumista y tantas más. Julia aprendió de su padre (fué el su primer paciente) este arte surgido del sincretismo entre lo aborigen y lo europeo. El Tuno estudió rosacrucismo, diseñó su mesa, sus varas, sus limpias, su técnica personal. Él fué estudiado, filmado y analizado por la antropología norteamericana.  Julia es su heredera. Y ella tiene su propia técnica. Sus propios perfumes, piedras, mesa, varas. También la han estudiado los académicos.

 

Ese día de encuentro, era un sábado soleado de septiembre, cerca del 21 de septiembre.  A eso de las 3pm, estábamos todos citados. Creo que conté diez, la gran mayoría mujeres. Cuando se puso el sol, a eso de las 7pm u 8pm, armamos una ronda o círculo entre todos, en el jardín del fondo de la casa.

 

A un costado del círculo, Julia tendió su mesa. En mi mente surgían las preguntas “¿Que es una mesa?” Un mantel, sobre el suelo, con todas las varas, piedras y otros objetos que usa en sus limpias. “¿Qué son las varas?” Representaciones de fuerzas espirituales. Pero quedé muy intrigado.

 

Ella dió luego una breve explicación. Nos dió a beber un poquito de san pedro, ceremonialmente. Y fuimos pasando de uno en uno, al centro, de derecha a izquierda , sentido inverso de las agujas del reloj.

 

Y así hasta que me tocó a mí. Salté dentro del hexagrama que estaba dibujado en el terreno, y dentro de un círculo. Me quedé frente a ella. En ropa interior, el resto desnudo. Y como a todos los demás, me dió al cabo de un rato una de las varas en particular, colocándola en mi mano derecha, para sostenerla a la altura del pecho. ¿Qué vara fue? Parecía querer subirse al cielo, llevando mi brazo. Yo tenía tanto frío ya a esa hora, en ese instante, que no dejaba de temblequear sin control. Hasta que me pidieron taconear fuerte, más fuerte, y firme, varias veces. Arrancó Julia encendiendo un cigarrillo y pasándolo a mi alrededor, con sus oraciones y peticiones. Y así, durante un tiempo, quizás,  de 1 hora. Todo lo que duró la sesión individual. Al finalizar, tuve que hacer pasar la infusión de san pedro por mi nariz.

 

¿Que pasa en la limpia? ¿Que se dice, que se ve, que se siente? ¿Cuál es el procedimiento? Macrocosmos y microcosmos se intersectan. Como es arriba es abajo, de derecha a izquierda, adelante y atrás, la mano del Hombre, la mano de Dios. Las seis direcciones, y el centro, uno mismo. Es una experiencia personal y cósmica a la vez. Y quedar liviano, con veinte o treinta kilos menos!

 

Luego, tocó volver a la gran ciudad. A dormir. A explicarme lo vivido, al punto que tuve que estudiar lo publicado sobre la mesa curanderil y la cosmovisión andina, que hiciera Mario Polia, renombrado antropólogo. “¿Porqué se ordenan así?” Me enteré entonces de los tres campos, o sectores, en la mesa : campo justiciero, ganadero y campo del medio. Del tipo y cantidad de varas. De sus espíritus y formas reflejadas. No me fué suficiente. Tuve que recurrir a la investigación de Douglas Sharon y Rainer Bossman para una recapitulación en particular de la mesa de Julia. Y descubrir que viviéndolo personalmente es más impactante que lo escrito.

 

Mientras tanto seguí oliendo durante días, ese perfume a flores de los jardines de Quilmes.