Relato Corto #35. Tres Locas Suicidas


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Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera. Sin la idea del suicidio, si no fuera por la posibilidad del suicidio, ya me habría matado.” – Emil Cioran

La ciudad

Buenos Aires tiene sus calles y veredas menos transitadas, y son éstas donde predomina el gris cemento del rodar de automòviles y buses, de casa bajas y edificios pequeños de hasta cinco o seis pisos, con excepciones claro de alguna torre mayor, como en la que vivo.

Los barrios (o modernamente llamados comunas) mas ricos son rodeados como una flor por el resto de los barrios, de menor a mayor arquitectura, servicios y presencia del espacio público y privado. Todo concèntricamente, radialmente siguiendo los trenes y subterràneos y avenidas, hacia el puerto, hacia la costa del Rìo de La Plata, y hacia el norte. Esto hace que el flujo de gente sea serpenteantemente constante en horas pico, y mesetas planas de calor (si fuera verano) o de llovizna frìa (en invierno) entre el ir y venir de las horarios congestionados de transporte público, de dentro hacia afuera, entrando y saliendo, desde afuera hacia el centro, y viceversa.

El ritmo del devenir es muy diferente a otras grandes urbes capitalinas, y solo por compararla con Madrid (su reflejo en Av de Mayo es elocuente) ésta última es silenciosa, tranquila, sosegada, con espacio para la charla a tono normal…. pues no es asì en la latinoamericana y jòven, bulliciosa, apresurada, ruidosa, y europeizada capital. Sus parques (Centenario y Palermo) son lo mas cercano a la naturaleza que tenemos los habitantes para descalzarnos y caminar sobre el pasto (el Tigre dista a 20km y un viaje en tren de 1hr.) y siempre que queremos charlar con alguien en un bar (por ejemplo) nunca hay silencio, siempre hay una música molesta que nadie eligió, los bocinazos y marchas de automóviles, los cortes de calles con bombos y pirotecnia, o sino un ruido constante a máquinas diesel-eléctricas, que ya se escucha cuando ni el sol ha salido.

Pues todo esto sucedió en esta ciudad, en esos horarios, en ese clima, en un lapso indeterminado de pocos años entre los hechos, así…

A-Ella

A. me parò en seco cuando venía caminando de regreso a casa después del trabajo, a la hora cuando se pone el sol, y me dice que su Rey la abandonó, que se fué a otro país con otra, y entonces ella se va a tirar debajo de un auto cuando de paso el siguiente semáforo.

Digamos que mi tranquila reacción a invitarla a tomar un café y charlar pausadamente lo que le sucedió, tenía que ver mas con mis ganas de sentarme despues del viaje parado en subterráneo, y de que necesitaba tomar o bien un mate, un té, o un café claro.

Mi incredulidad de que una rubia suicida me contara sus planes no pareció ser percibida por ella, asi que café por medio (en realidad fueron tres) y dos horas de charla, fueron suficientes para finalmente darnos un abrazo y decirnos adiós.

En el medio de mi escucha (ella solo quería alguien que la escuchara) traté de seguir la ilógica de los acontecimientos aparentes, pero reales para ella en su verdad psicológica, para que no tuviera motivos para quitarse la vida (supuestamente) siempre que hubiera un buen café y un otro al lado. Nunca mas la ví.

B-Ella

B. se desplomó al piso cuando todos estábamos haciendo la fila para esperar el próximo taxi. Ella era la segunda, yo el undècimo, … duodècimo, o decimotercero quizàs. Llovía a cántaros a la hora de volver a casa, y nos guarecíamos contra la pared del bar y confitería en la esquina de la avenida con la calle del tren. Mi distancia hacia el suceso del desplome súbito sería de ¿diez metros? Doce tal vez. Ví que ella se reincorporaba lentamente, y agarraba su bolsa de compras lentamente. Seguí mirando la lluvia caer. Las gotas me salpicaban los zapatos al romper contra las baldosas, y el viento fuerte llevaba la llovizna a impactar en mi rostro.

De reojo nomás, con visión lateral, ví que alguien iba recorriendo la fila lentamente, desde el principio, hacia donde estaba yo. Era la muchacha que se había desplomado. Llegó enfrente a mí, con su mano estirada y dedo ìndice apuntándome (como tambien lo hizo con los demas precedentes) – tengo que viajar con vos, me llevás? – me preguntó. Por supuesto que le dije que sì. Sus pupilas estaban dilatas y casi ni parpadeaba, mirandome fijo, y lento. Todo acto le costaba un triunfo. Luego, acto seguido y aliviada, se fue a sentar dentro del bar, a una mesa, vidrio por medio de donde estaba yo.

Ya en la mesa, se puso a hablar por celular. Todos pudimos escuchar sus gritos de discusión con alguien (despues me enteraría que era con su madre con quien discutía, la misma con quien vivía) y sus golpes violentos cortando la llamada y volviendo a llamar.

Llegò el turno del taxi como media hora despuès. La llamé. Subió. El resto de la fila miraba aliviada. Le indiqué al chofer el barrio de B. , el cual quedaba mas lejos que mi barrio, que quedaba de paso. Partimos.

Durante el trayecto me contó que se había empastillado de mas, que no podía mas, ni con sí misma ni con su madre. Y también de su vida sexual con los hombres. Y de su aficción al porno. Así fueron 40 minutos mas o menos, de puro monólogo, a pesar de la (supuesta) sobre-dosis.

Al llegar a mi destino, le dí dinero a B. para pagar el taxi por mi trayecto, sí, pero además suficientemente para completar hasta el destino. Abrazo por medio, siguió su viaje. Me dejó su número de celular. No la llamé. Nunca mas la ví.

C-Ella

C. me invitó a cenar con sus amigos, unos muchachos de entre 23 y 33 años, con motivos de despedir a uno de ellos que viaja a Francia. La conocí a C. cuando la llevé con sus dos mascotas hacia Córdoba, en car-pooling, y ahora de regreso en Buenos Aires, y con una de sus perras embarazada, esta de vuelta en su nomadismo escapista vagabundeando sin poder hacer pié.

Fué en el viaje que la llevé a Córdoba que C. me contó de todo lo que ella yá sabía. Que moriría joven y que le quedaba poco tiempo. Que su misión en el mundo era despertar a otros, sanar con sus terapias de Tarot, vivir aprendiendo en comunidades rainbow (arco iris), y que su sueño inmediato era dar a concocer al Maestro Jesús mientras viajaba por Sudamérica con una combi (la cual no tenía) y con su compañero (el cual tampoco tenía). Tampoco tenía dinero y solo tenía dos perras. Y de cada lugar que paraba, debía salir urgida por las deudas con el hospedaje de turno. Muchas carencias materiales, muchas carencias afectivas.

Esta cena era en una de esas noches de Diciembre de Buenos Aires, donde todo el mundo está planificando los próximos viajes del verano, y se junta con otros para saludarse por el viejo año y el nuevo año. C. me contó que había tenido un día emocionalmente violento (todo lo que le pasaba a C. era emocional) y eso la angustiaba, no se habia podido levantar mas que para la ocasión en todo el día. Y entonces sucedió.

Sucedió su brote psicótico. En una habitación, ella tendida en el piso dijo “me muero, me muero” y entonces otra voz tomó su personalidad y pregunto “¿donde estoy?” para luego empezar a dar fuertes gritos. Ella se arqueaba en el piso, a puro grito en la boca. Por un momento pensé que los vecinos podrían llamar a la policía. Cinco minutos y todo se tranquilizó. Se durmió. Yo seguí mi camino.

Me enteré luego que se recuperó a los cinco dias (su pérdida de la nocion del espacio y del tiempo ya era notoria para todos, C. había llegado a estar quince dias sin comunicarse con nadie en pleno monte serrano, creyendo que solo habian pasado un par de dias como mucho).

Ayudé a dar en adopción a los nueve cachorros que una de sus mascotas había parido el dia siguiente a la Navidad. Lo último que supe de ella es que siguió como pudo su derrota hacia Uruguay, con un nuevo varón compañero. No la ví ni llamé nunca mas.

ABC

A,B, y C son cada cual para mí hermosas locas suicidas. Juan (un amigo) dice que uno en un millón tiene esa afinidad con las locas suicidas. ¿Qué puedo decirles?

El otro día tuve un sueño . Una madre le daba un masaje a su hija adulta, mujer yà, en el cuello. La mujer que estaba acostada panza abajo en la cama, recibía de su madre (que estaba de piè y de frente a su cabeza), este masaje en su cuello. Dulcemente giraba su mano abierta por su cuello, y la hija lo disfrutaba, quedandose dormitando ante el tacto y la presión. Luego, la hija se daba vuelta, y empezaba a masajear mi cuello, a mí, que estaba acostado al lado de ella. Cerrando los ojos y sintiendo, me quedè dormido en el sueño al tiempo que me desperté del mismo. Dulcemente sentía su tacto y fricción.

¿Será el toque que suaviza las palabras lo que otros necesitan? ¿Será quitarle carga emocional al hablar para escuchar y que ese encuentro sea placentero? ¿Serán los intentos de suicidio un llamado de atención de personas al borde, al borde del cuello, al borde de la palabra, al borde de la permanente fuga? ¿Será la idea del suicidio una excusa usada para seguir vivos?

Muchas preguntas. Recurro finalmente a una tirada del Tarot para que hable lo inconsciente, que se expresen los motivos ocultos en A, B y C. Saco tres cartas : “Los enamorados”, “El dos de copas” y “El siete de espadas”. Respectivamente : el pasado que tira e impide abordar el futuro promisorio, una disputa interna a resolver sobre la fuerza del amor. Luego, nuevamente la pareja interna, la unión interna ánima-ánimus, que posibilita amarse uno mismo para luego amar a otros, en colaboración, en empatía. Finalmente, la cárcel mental, los barrotes contra los que se golpea una y otra vez la mente. Reflexioné que carta correspondería a cada quien, o si todas reflejarían partes del todo para ellas.

Ha dejado de llover en Buenos Aires. Es hora de dar paso al encuentro personal con el otro. Café, taxi, cena, arte, encuentro. Palabras compartidas.

Imágen de @DreamlessButerfly en su colección de dibujos.